Malasia

Malasia fue el primer país que visité de mochilero, hace ya más de doce años. Llegué a Kuala Lumpur con 2.500 euros después de haber gastado el resto en el vuelo, y me quedé tres meses. Era un completo idealista que creía que las cosas eran sencillas y que si querías algo de verdad, solo tenías que confiar en la vida. Esa inconsciencia me permitió vivir cosas que ahora me parecen de locos.

En ese primer viaje no había WhatsApp ni datos en el móvil; iba pillando el wifi de los hostales. Instagram acababa de aparecer y subí mi primera foto desde Malasia, pero tardé años en subir otra. Llevaba una pila de libros físicos en la mochila. Dormía barato, comía barato, y hacía workaway en lugares que me permitieran estirar los ahorros. Pasé diez días en un templo budista haciendo meditación y un mes entero en cabañas de bambú en una especie de comuna hippie. No porque fuera un hippie, sino porque era gratis.

Doce años después, Malasia aparece de nuevo en el viaje asiático. Ya no como punto de partida sino como escala: visité a personas que llevaba tiempo sin ver, descansé, y fue allí donde una conversación larga con alguien cercano me ayudó a clarificar algo que llevaba semanas dando vueltas: que quizá el plan de tres continentes y tres años no era lo que realmente quería, que el viaje se había convertido en una zona de confort disfrazada de aventura, que mi verdadero deseo era estabilizarme.

No fue una epifanía dramática. Fue más bien la confirmación de algo que ya sabía pero que me resistía a decir en voz alta.

Malasia abrió y cerró un ciclo. La primera vez con poco dinero y muchas ganas, la segunda con más dinero y más preguntas.

Viajar como zona de confort

Viajar como zona de confort

*"Hace tiempo que noto que no estás del todo convencido con tu plan de viajar. Es cierto que vi...

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