Nicaragua

Me gustaría poder escribir que Nicaragua me pareció un país maravilloso. No puedo.

El calor era parecido al de Honduras: sofocante, sin tregua. En los buses intentaban cobrarnos el doble por el equipaje en cuanto nos veían cara de turistas. Los coches no paraban para dejar cruzar a los peatones, sino que pitaban para que te apartaras. La basura se tiraba en cualquier sitio, incluso por la ventanilla del autobús, y los plásticos cubrían cunetas y zonas naturales como si fuera lo más normal del mundo. En algunos aspectos, lo era.

Pero Nicaragua tenía otra cara que lo hacía más complejo y más triste a la vez. Marianela, la dueña del primer airbnb en León, era periodista de profesión. Tuvo que dejarlo porque el régimen de Daniel Ortega —al que varios medios llaman directamente dictador— ha cerrado todos los periódicos y televisiones críticos y persigue a cualquiera que documente lo que ocurre. Ella se reinventó alquilando habitaciones de su propia casa, y a pesar de no ver ningún futuro a su país, se pasaba el día cantando y sonriendo. Eso decía más de ella que cualquier otra cosa.

La isla de Ometepe, un volcán dentro de un lago enorme, fue la excepción a casi todas las reglas: tranquila, respetuosa, con buen ambiente. Como si el agua la protegiera de algo.

Las puestas de sol en Nicaragua son espectaculares. Los volcanes también. El lago Cocibolca es enorme y extraño. El país tiene un potencial paisajístico que no está a la altura de su situación política ni, en muchos momentos, de su trato al viajero.

Quince días, 650 euros. El mes en el que más gastamos diariamente de todo el viaje centroamericano, en parte porque alquilamos moto varios días, en parte porque Lara tuvo que pagar un microondas que rompió sin querer en un hostal al meter una taza de aluminio dentro.

Ojalá ese lado humano y político vuelva a estar a la altura de sus paisajes.

Mi opinión sobre Nicaragua como mochilero

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Me gustaría poder escribir que Nicaragua me ha parecido un país maravilloso, pero desgraciadamente...

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