Brasil

Brasil fue el último país del primer gran viaje y el que más me gustó de todos. Si alguno de los doce que visité me haría plantearme vivir allí, era este.

Entré desde Argentina en bus, cruzando la frontera en Foz do Iguaçu para ver las cataratas. Las cataratas del lado brasileño son espectaculares: hay un circuito de pasarelas que te llevan a escasos metros de las caídas de agua, y el ruido y la escala de todo lo dejan sin palabras. La ciudad en sí era extrañamente tranquila, casi vacía, lo cual contrastaba con la magnitud del parque natural al lado.

Luego bajé en bus hacia la costa. Florianópolis, São Paulo y, sobre todo, la playa de Itamambuca y su zona, que para mí fue la más bonita de todo el viaje: extensas, limpias, rodeadas de naturaleza y con olas perfectas para hacer surf. En Brasil se puede pagar con tarjeta prácticamente en todas partes —incluso los vendedores ambulantes en la playa llevan un TPV— y los servicios de limpieza funcionan: hay papeleras en la calle, algo que en Centroamérica era una rareza.

La gente es abierta, alegre y genuinamente acogedora. Después de los roces y desconfianzas que había encontrado en algunos países del trayecto, Brasil fue un alivio en ese sentido. También el idioma ayudaba: el portugués brasileño suena cercano y, aunque no lo hable, era más fácil de gestionar que en otros contextos.

Volé de vuelta desde São Paulo. El vuelo tenía nueve horas y media hasta Lisboa, salía casi a la una de la mañana. Soñé que el avión caía. Me desperté y todo estaba en calma. Aterrizamos sin problemas.

Veinticinco días. 1.708 euros. Uno de los finales más dignos que podía tener ese viaje.

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