Indonesia
Indonesia llegó al final del viaje asiático y tenía una filosofía de vida que no había encontrado en ningún otro sitio: biar nanti, “déjalo para después”, “ya lo veremos”. Una actitud de fondo que impregna todo: las carreteras, la forma de conducir, la manera en que los vecinos se saludan desde sus casas, los niños que te chocan la mano cuando pasas por la calle.
Estuve en la isla de Lombok, cerca de Kuta. Alquilé una moto el primer día y el chico del homestay no me pidió el pasaporte, me dijo que le pagara cuando quisiera y que la moto no tenía seguro. A lo largo de las semanas fui viendo la normalidad de eso: motoristas con casco y sin casco, niños conduciendo motos, vehículos que circulaban en dirección contraria por los arcenes porque era más corto, perros y vacas cruzando la carretera en cualquier momento. Nadie se quejaba, no había accidentes, era simplemente la forma en que funcionaban las cosas.
Fui a surfear cada día. En el pico nadie se peleaba por las olas, los locales a veces cantaban cuando llegaba una buena. Indonesia tiene esa cosa rara de que casi todo lo que podría ser un problema acaba no siendo ninguno.
Fue también en Indonesia donde tomé la decisión de volver antes de lo previsto. Cuando me hice a la idea de que podía coger un vuelo en un mes, o antes, noté que algo se relajaba. Y noté también que, siendo consciente de que el viaje se acababa, empecé a mirarlo todo de otra manera: con más calma, con más agradecimiento, con esa atención que solo aparece cuando sabes que algo no va a repetirse.
Indonesia fue el último país de la segunda etapa. Y el que mejor me trató al final.
Indonesia: Un país sin reglas
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Recordar que todo acaba
En cuanto me hice a la idea de que, en efecto, podía volver a casa en un mes (o menos) noté como si...
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