Guatemala
Guatemala fue el país que no dejaba hacer planes. No es una metáfora: literalmente, cada vez que teníamos algo decidido, algo lo deshacía. Teníamos alojamiento gratuito por Couchsurfing en Quetzaltenango —“Xela”— y nos dijeron que era igual de horrible que Huehuetenango, la ciudad fronteriza llena de coches y polución donde pasamos los primeros días. Cancelamos y nos fuimos a Antigua.
Antigua fue una sorpresa enorme. Ciudad colonial, volcanes activos en el horizonte, calles empedradas y ruinas de conventos en cada esquina. Luego teníamos planeado ir a la capital, pero los testimonios sobre la seguridad para una mujer sola eran demasiado consistentes para ignorarlos. Cancelamos de nuevo y cogimos un “chicken bus” al lago Atitlán.
El trayecto en chicken bus mereció un artículo propio: lo que iba a ser tres horas directas acabaron siendo cinco horas en tres autobuses y un tuk-tuk, con un predicador de pie en el pasillo cantando durante cuarenta y cinco minutos, una señora vendiendo tortas desde una cesta sobre la cabeza y el cobrador intentando cobrar dos veces sin ningún justificante. Guatemala funcionaba así: no había horarios fijos, los buses salían cuando se llenaban, y si preguntabas a tres personas la ruta, te daban tres respuestas distintas.
En el lago, en San Marcos, nos instalamos en un airbnb con vistas panorámicas a los volcanes. Había una comunidad hippie en la que todo el mundo llevaba rastas y hablaba de ayahuasca. Lara salió con conclusiones propias sobre la diferencia entre la espiritualidad y la superioridad disfrazada de ella.
Yo hice un workaway malo en un hotel de Panajachel: habitación con cucarachas, seis horas de trabajo en vez de cinco y un desayuno de medio plátano y una cucharada de judías. Duré una noche. Esa experiencia también mereció su propio artículo.
En total, dieciocho días y 757 euros por persona. Gastamos más de lo que queríamos, en parte porque acabamos en los dos sitios más caros del país.
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