India
India fue el país más difícil de todos los que he visitado, con diferencia. Y llevo ya más de treinta y cinco.
La lista de incomodidades es real y no vale la pena suavizarla: suciedad extrema en las calles, basura por todas partes, olores intensos, ruido constante de coches pitando sin parar, agua del grifo no apta ni para lavarse los dientes, pobreza visible en cada esquina, niños descalzos pidiendo dinero que forman parte del decorado porque se ven en absolutamente todos los sitios. La comida pica aunque pidas que no pique y las cocinas de muchos locales es mejor no verlas. Uno de nuestros trenes llegó con doce horas de retraso.
Pero India también fue una de las experiencias más impresionantes de mi vida.
En Mumbai visité Dharavi, una de las barriadas más densamente pobladas del planeta: un millón de personas en dos kilómetros cuadrados. El guía, Adnan, había nacido allí. Me explicó cómo funciona el reciclaje informal —el 70% del plástico de la ciudad pasa por esas manos—, cómo duermen en la misma planta donde trabajan, cómo los aprendices cobran entre 150 y 250 euros al mes durante los primeros años. No había un ápice de lástima en su voz, solo datos. Las personas trabajaban; no mendigaban.
Mi amiga Judith estaba conmigo y entrevistó a supervivientes de ataques con ácido y a mujeres del movimiento Gulabi Gang. Escuchar de primera mano a una chica con la cara y el cuerpo desfigurado decir que no te disculpes, que esas cicatrices son su destino y un mensaje de esperanza, es algo que no se digiere en el momento. Se digiere después, con el tiempo.
Una seguidora de Instagram me mandó un mensaje que explicaba India mejor que yo: que allí había entendido que el dolor es parte de la vida y que, aun así, merece la pena ser vivida. Que como seres sociales somos un fracaso, pero como seres individuales somos un puto milagro.
Veinticuatro días. 902 euros.
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